Pensamiento Visible

Pensemos cuántas veces lo que aprendemos refleja lo que otros a nuestro alrededor están

haciendo. Observamos, imitamos, adaptamos lo que vemos a nuestros propios estilos e

intereses y de ahí partimos para construir lo nuestro. Ahora imagínense que están aprendiendo

a bailar, cuando todos los bailarines a su alrededor son invisibles. Imagínense tratar de

aprender un deporte, cuando no se pueden ver a los jugadores que realmente conocen del

deporte. Por extraño que esto parezca, algo similar sucede todo el tiempo en un área muy

importante del aprendizaje: aprender a pensar.

El pensamiento es básicamente invisible. En algunas ocasiones y para mayor seguridad las

personas explican los pensamientos que subyacen a una conclusión específica, pero por lo

general, esto no es lo que sucede. En la mayoría de los casos el pensamiento permanece bajo

el capó, dentro del maravilloso motor de nuestra mente y cerebro.

No sólo es invisible el pensamiento de otros, también lo son muchas de las circunstancias que

invitan a pensar. Nos gustaría que los jóvenes, y obviamente los adultos, estuvieran alertas y

fueran pensantes en los momentos en que escuchan rumores infundados, cuando tienen que

hacerle frente a una situación difícil como la de organizar el tiempo, cuando tienen un

enfrentamiento con un amigo o escuchan los discursos envolventes de los políticos en la

televisión. Sin embargo, la investigación, tanto nuestra como de otros, ha demostrado que en la

mayoría de los casos, la gente es indiferente ante situaciones que invitan a pensar. Durante

muchos años, hemos construido lo que llamamos la visión de la disposición para una buena

forma de pensar, la cual tiene en cuenta tanto el estado de alerta y las actitudes de las

personas, al igual que las habilidades de pensamiento. No sólo nos preguntamos qué tan bien

piensan las personas una vez que comienzan a hacerlo, sino qué tanta disposición tienen para

mirar el otro lado de la moneda, cuestionar la evidencia, ir más allá de lo obvio. Lo que hemos

encontrado es que con mayor frecuencia, el pensamiento cotidiano se ve afectado por dejar

pasar las oportunidades, más que por la falta de habilidades de pensamiento (Perkins, Tishman,

Richhart, Donis & Andrade, 2000; Perkins & Tishman, 2001).

Afortunadamente, ni el pensamiento de otros, ni las oportunidades para pensar,

necesariamente deben ser invisibles como frecuentemente lo son. Como educadores, podemos

trabajar para lograr hacer el pensamiento mucho más visible de lo que suele ser en el aula.

Cuando así lo hacemos, les estamos ofreciendo a los estudiantes más oportunidades desde

dónde construir y aprender. Al hacer visible a los bailarines, les estamos facilitando a los

estudiantes el aprendizaje de la danza.

Existen muchas formas de hacer el pensamiento visible. Una de las más sencillas es lograr que

los docentes utilicen el lenguaje del pensamiento (Tishman & Perkins, 1997). Tanto el inglés

como muchos otros idiomas tienen un rico vocabulario de pensamiento. Piense en términos

tales como hipótesis, razón, evidencia, posibilidad, imaginación, perspectiva y demás, y cómo el

uso rutinario de tales vocablos de manera natural e intuitiva ayuda a los estudiantes a darse

cuenta de los matices de pensamiento que estos términos representan.

Utilizar el lenguaje del pensamiento es un elemento de algo aún más importante: ser un modelo

de persona pensante para los estudiantes. Los docentes que no esperan respuestas inmediatas,

que hacen visible sus propias dudas, que toman el tiempo para pensar “qué tal si” o “qué tal si

no” o “¿De qué otra manera podríamos hacer esto?” o ¿Cuál sería la posición contraria de esta

situación?” muestran respeto por el proceso del pensamiento e implícitamente instan a los

estudiantes a estar atentos a los problemas y oportunidades y pensar sobre ellos.

Otra forma de hacer el pensamiento visible es retomar las diferentes oportunidades de

pensamiento durante el aprendizaje de una asignatura. Las rutinas de pensamiento son

importantes durante este proceso. Las rutinas de pensamiento son patrones sencillos de

pensamiento que pueden ser utilizados una y otra vez, hasta convertirse en parte del

aprendizaje de la asignatura misma.

Una rutina de pensamiento que hemos encontrado útil en muchas situaciones incluye dos

preguntas clave: “¿Qué está sucediendo en esta situación?” y “¿Qué observas que te lleva a

decir eso?” (Tishman, 2002). Esto se adaptó para enseñar a pensar de una rutina que se utiliza

para observar obras de arte, desarrollada por Philip Yenawine y Abigail Housen (Housen, 1996;

Houson, Yenawine & Arenas, 1991). Por ejemplo, el docente puede mostrarle a los estudiantes

una fotografía satelital de un huracán y sin identificarla puede preguntarles “¿Qué está

sucediendo aquí?” Un estudiante dice: “Se trata de una tormenta en la Florida”. El docente

entonces le pregunta: “¿Qué estás viendo que te lleva a decir eso?” El estudiante muestra el

perfil de la Florida, el cual se reconoce claramente a través de las nubes. Otro estudiante dice:

“Eso es un huracán.” El docente dice: “¿Qué ves que te permite decir que es un huracán?”

Entonces el estudiante menciona el tamaño de la estructura de la nube y su forma espiral. Otro

estudiante identifica el ojo del huracán en la mitad del mismo.

En forma general, estas dos preguntas cuestionan al estudiante utilizando un lenguaje informal

para que interprete y dé razones de apoyo. A medida que los estudiantes responden, el docente

fácilmente puede clasificar las sugerencias como hipótesis y sus comentarios de apoyo como

razones, trayendo así a colación el lenguaje del pensamiento. El docente puede destacar los

desacuerdos y pedir evidencia que apoye los dos argumentos. Este par de preguntas, con

algunas modificaciones, pueden ser utilizadas en distintas áreas del aprendizaje y sacar a flote

respuestas enriquecedoras desde niños jóvenes hasta estudiantes de postgrado.

Claro está que existen muchas rutinas de pensamiento. Por ejemplo, docentes con quienes

hemos trabajado han tenido mucho éxito con el “Círculo de Puntos de Vista”. Esta rutina se

aplica a situaciones que involucran múltiples perspectivas, tales como controversias políticas,

interpretaciones históricas, comprensión de obras de arte y disputas interpersonales.

Frecuentemente, al trabajar con pequeños grupos, los estudiantes hacen una lluvia de ideas de

los distintos puntos de vista de un tópico específico. Por ejemplo, si el tópico es la esclavitud,

pueden mencionar el punto de vista del esclavo, del dueño, del mercader, el punto de vista

político, religioso, humanitario y moral. Se le pide a los estudiantes que tomen un punto de

vista y lo defiendan (no quiere decir que estén de acuerdo con él). Luego se hace una discusión

que resuma lo que los estudiantes aprendieron después de escuchar los distintos puntos de

vista.

Otra rutina conocida como “Preguntas Poderosas”, fue desarrollada por mi colega venezolana,

Beatriz Capdevielle y yo hace unos años, tal y como aparece en su publicación de New Horizons

for Learning Online Journal (Capdevielle, 2003). Estas Preguntas Poderosas pueden ser

utilizadas en forma muy elaborada, pero la versión más sencilla consiste en que el docente le

haga al estudiante tres tipos de preguntas sobre un tópico importante: preguntas de

exploración, preguntas que hagan conexiones y preguntas que lleven a una conclusión. El

objetivo es instar a los estudiantes a formular preguntas y buscar respuestas. El docente facilita

el proceso sin ofrecer las preguntas o las respuestas.

Por ejemplo, si seguimos con el tema de la esclavitud, después de explorar la situación de

esclavitud en los Estado Unidos a través de preguntas de exploración, el docente puede pedir

preguntas de conexión: “Ahora que ya entendemos más acerca de la esclavitud ¿cómo

podemos conectar esto con otras situaciones?” “¿Qué preguntas nos podemos hacer acerca de

eso…? y luego trataremos de responderlas.” Los estudiantes pueden preguntarse cosas como:

“¿Existen situaciones de esclavitud en el mundo hoy en día?” (Desgraciadamente, si.) “¿Existen

situaciones similares a la esclavitud, no exactamente iguales, cuáles son las diferencias?” (Por

ejemplo, la situación laboral de los niños, lo cual sucede en algunos países, el concepto de

sirviente en la edad media.) “Cuando hacemos que los prisioneros trabajen en las prisiones ¿es

eso esclavitud? ¿Por qué no?” (Los prisioneros no son propiedad de nadie, no se pueden

comprar ni vender.)

Así como lo sugieren estos ejemplos, una característica de las rutinas de pensamiento es que

son fáciles de utilizar. En general, una rutina de pensamiento no es necesario enseñarla como

tal. El docente puede hacerla funcionar sin mayor explicación: “Acabamos de leer una historia

corta. Es como misteriosa. Ahora les pregunto: ¿Qué creen que está sucediendo?” o “Acabamos

de leer una historia corta. Cada uno de ustedes puede tener sentimientos diferentes en cuanto

a la forma como la historia terminó. ¿Cuáles pueden ser los diferentes puntos de vista en la

historia, digamos como padres, como el ministro o como alguien más?

Una vez que se comienza la campaña para hacer el pensamiento visible, las oportunidades

parecen ser ilimitadas. Pero ¿para qué todo esto? La mayor aspiración es lograr construir una

fuerte cultura de pensamiento en el aula. Después de todo, la cultura es el más grande de los

recursos para los maestros. Todos aprendemos prácticas concretas y actitudes fundamentales

de las culturas étnicas, nacionales y familiares de las cuales provenimos y crecemos. Los

estudiantes aprenden mucho de las culturas que los rodean en el aula, las cuales son parte del

“currículo oculto” de convenciones y expectativas. Entonces, para asegurarnos que los

estudiantes aprenden lo que queremos que aprendan, debemos responsabilizarnos de construir

dicha cultura, creando una fuerte cultura del pensamiento.

Las investigaciones nos han mostrado que los buenos docentes establecen una cultura del

pensamiento desde los primeros días de clase (Richhart, 2002). Por ejemplo, es posible que los

docentes hablen con sus estudiantes acerca de valores actitudinales tales como curiosidad,

indagación, juego de ideas, todas éstas disposiciones del pensamiento son muy importantes.

Probablemente ponen sobre la mesa un problema para que sea discutido por todos, sin esperar

que lleguen a una solución ese mismo día. Pueden liderar diálogos socráticos para “desenredar”

temas complejos. Luego, a lo largo del año escolar, el docente continua con estas prácticas y

las generaliza.

En la búsqueda de una cultura del pensamiento, la noción de hacer visible el pensamiento

ayuda a concretar lo que debe ser un aula y ofrece la orientación para hacerlo. En cualquier

momento nos podemos preguntar: “¿Estamos haciendo el pensamiento visible? ¿Están los

estudiantes explicándole las cosas a sus compañeros? ¿Están los estudiantes dando ideas

creativas? ¿Están ellos y yo utilizando el lenguaje del pensamiento? ¿Hay una lista de pros y

contras en el tablero? ¿Hay en la pared una lista de planes alternativos? ¿Están los estudiantes

debatiendo interpretaciones?

Cuando consistentemente la respuesta a estas preguntas es “si”, es muy posible que los estudiantes

estén mostrando interés y compromiso por el aprendizaje que se desarrolla en el aula. Ya le

encontrarán más sentido a las asignaturas y hallarán más conexiones significativas entre lo que

aprenden en la escuela y en la vida cotidiana. Los estudiantes comienzan a mostrar las disposiciones

del pensamiento que nos gustaría ver en todos los jóvenes: una mente no cerrada sino abierta, no

aburridos sino con curiosidad, no “tragando entero” pero tampoco totalmente negativos sino con un

apropiado nivel de escepticismo, no satisfechos sólo con recibir datos sino queriendo comprender.

Prestando atención de manera persistente, todo lo anterior puede fluir al hacerse el

pensamiento visible. Sin embargo, para llegar allá, hay que sobrepasar el problema de lo

invisible. Una gran parte del desafío es que la invisibilidad del pensamiento es en sí invisible. Es

difícil darnos cuenta qué tan fácil podemos dejar de lado el pensamiento, pues eso es a lo que

estamos acostumbrados. Como educadores, nuestra primera tarea tal vez es ver lo ausente,

escuchar el silencio, notar lo que no está ahí. El proverbio chino nos dice que un viaje de mil

millas comienza con el primer paso. Ver lo ausente es un excelente primer paso. Sin él, el viaje

seguramente no se va a realizar. Con ese primer paso, y con la dirección y energía que éste

trae consigo, nos encontramos en el camino para hacer el pensamiento visible.

 

http://fundacioncemar.org/evento/pxxi-pedagogia-para-la-escuela-del-manana/

Fuente: David Perkins

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